Mientras pedalea con energía, una canción llega a sus oídos a través de los audífonos. De manera inesperada el cuadro que era su día se deforma, tomando nuevos y más vivos colores. Parecía que todo estaría destinado al fracaso, pero en su interior ahora se cocinaba una situación completamente diferente.

Pedaleó con más fuerza en contra de todo lo esperado, atravesando las calles a una velocidad impensable para una persona que momentos antes veía cómo la realidad se desplomaba a su paso. Ahora tararea la canción, haciendo voltear a los transeúntes que deja atrás.

A kilómetros de distancia de esa olvidada calle del centro, los miembros de la sociedad de derechos de autor se mueven en sus asientos en medio de la reunión. Han percibibo lo que está pasando en algún punto de la ciudad, en algún punto perdido en medio de la multitud que la puebla.

Ella, sin embargo, consciente de que ahora la canción es totalmente suya, sigue describiendo su enérgica trayectoria. Sabe de los lamentos de los pobres diablos de la sociedad de derechos de autor y sabe también que la posesión de la canción es algo tan efímero como lo fue la casualidad de que sonara justo en ese momento, pero a la vez tan eterno como la vida misma. De forma muy distinta a la de los señores envueltos en traje, atesora la melodía en un rincón de sí.

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¿Una sociedad participativa o comunismo libertario?

Hace aproximadamente un mes pillé un debate del mismo título que esta entrada (solo que en inglés) en la página www.libcom.org. Además de ser una excelente fuente de noticias y artículos de variados temas relacionados al mundo popular y desde una óptica clasista y comunist libertaria, el sitio de los compañeros ingleses me ha acercado a lo que se convirtió en mi primera traducción.

El debate, ‘A Participatory Society or Libertarian Communism?’ en su idioma original, me pareció de muchísimo interés y, como ya deben haber adivinado, lo traduje. Los dejo, entonces, con la introducción al debate y el link para verlo completo en la página de los autores.

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A mano alzada

Aunque llegues a las nubes, nunca dejes de ser humilde.
Proverbio chino.

¡Lo mataste! ¡¿Qué?! N… no, no. ¡Está muerto, imbécil, míralo! Salí cojeando del lugar. No recuerdo nunca antes haber sentido un dolor tan intenso en el muslo, ni haber tenido una herida tan profunda. Me costó muchos pedazos de ropa y tiempo presionar lo que parecía ser un agujero sin fondo en mi tórax. La sangre brotaba profusamente y lo único que era capaz de hacer era mirar con ojos desorbitados cómo estaba a pocos segundos de perder lo único que en ese momento me importaba: yo mismo.

Cuando llegué a la habitación, mi corazón palpitaba con fuerza, haciéndome doler levemente el pecho. Me había sido dificultosa la llegada. Recordaba con vivos colores las trampas que entre él y yo habíamos instalado para evitar mi arribo al lugar. De todos modos, había sido inútil. Si bien llegué un poco cansado y con algunos cortes en distintos lugares del cuerpo, había sido yo (o lo que creía que era yo) quien había instalado junto a otra formidable persona esos obstáculos. Ahí estábamos: él y yo, abrazados, durmiendo. Me enterneció el cuadro que tenía ante mis ojos, pintado con tanto cuidado y tiempo que fue digno de los segundos que me quedé observándolo.

A decir verdad, nunca supe por qué nos maté, a pesar de que llevaba meses planeándolo. Fue por eso mismo que instalamos las trampas, porque nos dimos cuenta de que en mi cabeza un macabro plan comenzaba a articularse. Y así fue, pues ni por ternura ni por los miles de obstáculos logramos detenerme. Hice un trabajo “limpio”. Dejé mi cuerpo y su cuerpo, inertes, descansando ensangrentados sobre la tibia cama en la que hacía solo unos minutos habíamos hecho el amor.

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Se retuerce, como si estuvieran torturándolo. Pero sabe perfectamente que no es tortura, sino todo lo contrario. Se nota en las expresiones de su cara, se nota en el líquido helado que le recorre la columna.

La primera vez tembló, temeroso. Se sintió sobrepasado, no había previsto nada. Reducido, acorralado, pero eso no lo hizo sentir mal. Era el contragolpe: una bestia que no dejaba dominarse. Era la furia de la naturaleza, la ira contra el cazador; extrañamente, era todo lo que el temerario joven buscaba.

Los años de recorrer planicies aburridas, de escarbar en las mismas madrigueras, de acalorarse bajo el mismo sol, de abrir los mismos senderos, de seguir las indicaciones de otros viejos investigadores y exploradores. ¡Pura basura!

Cuando el felino cerró sus fauces sobre su brazo sintió como si despertase de un viejo sueño. El machete cayó al piso, clavándose en la tierra húmeda. La inconciencia fue mucho más conciente de lo que la vigilia había sido en veintitantos años. Arrastrado por el animal, se alejó del viejo machete, cuya hoja se oxidó por el olvido. No era necesario, en realidad. Nunca lo fue, solo entorpecía los movimiento de un cuerpo que ansiaba ser libre.

Se desangra, alimenta la tierra. Los gruesos colmillos del felino atraviesan su torso por enésima vez, recordándole algo que nunca tuvo en su memoria, pero que aún así siente que siempre estuvo allí.

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Osvaldo Baigorria – Prólogo de “El amor libre”

Para defender al principio de amor libre se necesitan dosis parejas de inocencia y experiencia. Una vez desacralizados el matrimonio, la familia y la dupla varón-mujer unidos “de por vida”, ¿qué si no la inocencia puede vincular la libertad al amor, en especial si a éste se lo entiende como pasión o atracción entre seres de carne y hueso? La experiencia susurra al oído que la fidelidad es imposible, que la monogamia es una ilusión y que las leyes del deseo triunfan siempre sobre las leyes de la costumbre. La inocencia grita que el amor sólo puede ser libre, que la pluralidad de afectos es un hecho y que el deseo obedece a un orden natural, anterior y superior a todo mandato social establecido.

Podría suponerse que inocencia equivale a ingenuidad, así como experiencia a cinismo. Pero varios de los autores reunidos en esta antología intuyeron que la emulsión resultante de la fórmula “amor-libertad” es mucho más compleja. Nunca hubo algo más difícil que ser libertario en las cuestiones de amor. Se puede serlo ante la autoridad, el trabajo o la propiedad,pero ante los vaivenes del corazón no hay principio, norma o idea que se sostenga firme en su sitio. ¿Hay alguien más parecido a un esclavo que un enamorado?

En tiempos de relativa paz (es decir, sin guerras nacionales, civiles o religiosas declaradas), los celos son las causa primera de homicidios. En nombre del amor, el ser humano mata, posee y somete a sus semejantes, al tiempo que es poseído por una fuerza o potencia que irrumpe no se sabe bien de dónde y lo arrastra hacia algún destino imposible de vaticinar. La posesión es la antítesis de la libertad. ¿Cómo uno puede ser verdaderamente libre cuando ama? Sólo mediante una reinvención de la palabra amor.

Eros es el antiguo nombre de esa potencia. Antes de que adquiriese el carácter sentimental personificado en un joven hermoso, hijo de Afrodita y de padre incierto (Hermes, Ares o el propio Zeus), que volaba con alas doradas y disparaba flechas a los corazones, era una fastidiosa fuerza aérea de la naturaleza que, como la vejez o las plagas, debía ser controlada para que no perturbase el funcionamiento social. Se supone que fue el primero de los dioses, ya que, sin él, ningún otro habría nacido. De todas maneras, siempre fue demasiado irresponsable como para formar parte de la hegemónica familia de los Doce olímpicos. Leer el resto de esta entrada »

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Del horizonte al Olimpo

De manera igualitaria, el grupo de aborígenes jugaba con sus preciados juguetes. Se arrojaban los unos a los otros los brillantes objetos, haciéndolos chocar entre ellos mientras veían el reflejo del sol en sus superficies. Divertidos, no se dieron cuenta de cuando los hombres de terno irrumpieron en su espacio.

Se los arrebataron sin más. Construyeron un altar en el que pusieron los juguetes, tan alto que solo se podía acceder a ellos subiendo una escalera que, a primera vista, parecía interminable. Cambió todo radicalmente. Los naturales, que antes podían acceder a los juguetes cuando deseaban, ahora se reunían en torno al altar a ver su brillo en la lejanía y cómo algunos hombres vestidos de terno comenzaban a subir las escaleras de piedra que se alzaban en medio de la aldea.

Un día, una aborigen fue escogida por su habilidad con aquellos juguetes. Los hombres de terno la vistieron como ellos y le dieron un sin fin de indicaciones acerca de cómo subir aquella escalera, cómo tomar los juguetes y cómo mirarlos. Algo aturdida, pero ansiosa, la mujer que había sido escogida siguió todas las instrucciones. Varios días después, cuando descendió por la escalera, todo el pueblo se reunía a su alrededor, esperando a que les contara qué era de los juguetes.

-Murieron –dijo, en voz alta -. Perdieron su brillo, perdieron su esencia. Ya no son juguetes, son solo joyas.

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Lenguaje y poder

Si, señor

Puso el plato de porotos sobre la mesa, al frente mío. Me cargaba ese olor y sabor, así que me crucé de brazos y ni tomé la cuchara. Ese color, esa consistencia al morderlos. Puaj.

-Si no lo comes, el viejo del saco vendrá por ti -me dijo mi mamá, mirándome a los ojos.

Se me pararon los pelos de la nuca y me dio un no sé qué en la espalda. Ella era la que llevaba muchísimo tiempo en este lugar totalmente nuevo para mí. Comí callado, sin más “show”.

***

Claustrofobia asistida

Era raro ver las estrellas desde ese punto del país. Siempre lo había sido desde casi cualquier ciudad. Ese día fue distinto. Ya estaba planeado, o quizá no. Quizá fue nada más que un resquicio, un cálculo no hecho.

Las luces comenzaron a apagarse poco a poco. Primero un par, luego una docena a la vez y luego centenares. La ciudad desaparecía en la oscuridad de la noche. Solo un par de barrios quedaron iluminados.

Así, bajo la luz de las estrellas que ahora sí se veían, abandonaron la urbe, gritando, aullando, pisando fuerte, escupiendo el piso, unidos por la única cosa que ellos no habían considerado: el stress, las columnas rotas, los cuellos agarrotados, las manos con callos, las cabezas cuadradas, los comerciales grabados en su cabeza, la rabia y las ganas de vivir, pero esta vez de verdad.

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